lunes, 27 de mayo de 2013

Tú y tu eterno retorno.

Llegó el intenso verano, la época de las bikinis, los tirantes, de dormir destapada. Te busqué, te encontré y te di la mano, mientras al oído te susurraba que te quedaras conmigo, demostrar que existía la palabra Siempre. Con el tiempo me atreví, como un niño pequeño puse la mano en tu cintura, y alguna noche perdida pude contarte de que hablaban las estrellas, ¡qué pena no haber podido bajarte una!. Recuerdo cuando nos tumbábamos en el campo, te hacía reír con alguna tontería, te ponías encima mía y nos besábamos, creía que el corazón iba a echar a correr en cualquier momento, ¡qué manera de correr!.
Es cierto que era verano y que mi sangre es caliente, pero me subía tanto la temperatura que la sangre se me evaporaba..el verano más mágico, cada noche rezaba porque nunca terminara.
De repente, algo cambió, el cuerpo se me llenó de frío y sin alguna razón tus manos no iban a volver a agarrar mis manos, tu cuerpo y mi cuerpo no iban a fundirse más, tus labios dijeron adiós a mis labios y estos últimos, durante un tiempo no dejaron de echarte de menos.
Los últimos rayos de sol empezaron a evaporar tu nombre que residía en mi pecho, pero siempre creí en tu eterno retorno, y así fue como volvió el calor a mi vida y supe que tu nombre no podía evaporarse fácilmente, se llenó más aún de fuerza y comenzó a bordarse en mi pecho. Pasaron días e intenté hacerme el duro contigo, pero el primer día que te vi, mis labios no se resistieron y fueron a saludar a los tuyos, luego les eché la bronca por ello.

Cambiamos de estación y todo se llenó de hojas, los árboles estaban desnudos y el cielo era gris, quizás estaba enfadado y no estaba de acuerdo con nosotros. Pasaron los días y tras muchas peleas de críos, íbamos forjando algo que era único, era superación, ya que nadie creía en nosotros, nadie nos daba su mano para ayudarnos y aprendimos a ser fuertes, quizás lo malo que lo éramos por separado y no juntos, ¡fuimos tan imbéciles y alocados por creer que podíamos con el mundo!.

Llegó el invierno, el frío, un frío tan helado que pudo arrebatarnos el calor, pero esta vez fue mi culpa. Ella sentía frío y yo no la abrigué, me necesitó y la dejé destapada. Desde aquel momento, los días eran horas, las horas minutos y los minutos segundos, el tiempo pasaba muy rápido y empecé a dejar de creer en tu eterno retorno. Pero llegó, desde ese día me prometí no perderte más, cambiar mis cosas malas y no dejarte destapada. Había aprendido que mi vida no era vida sin esa risa de ojos achinados, sin la boca que tanto dañaba a mi boca y que la dejaba siempre con ganas de guerra.

De repente, llegó la primavera, las camisetas cortas, las faldas. Fuimos avanzando y siempre con nuestras peleas, aunque ya las eran menos. Creía que ya me estaba haciendo de ti y tu de mí, que casi teníamos el mismo olor, que quedaba poco para dejar de soñar porque lo que estábamos viviendo para mí ya era un sueño. Digo creí, porque de la noche a la mañana te perdí de vista, me habías echado de casa, dejaste de creer en mí, dura y directa, yo ojos hechos Venecia.
Solo, perdido, sin creer ya en nada ni nadie tuve que mendigar hasta llegar a la estación a la que siempre volvía, la de la soledad. Un buen día cogí un maravilloso tren que apareció en mi vida, se que era el mejor tren, pero no era mi tren, y más aún no era el momento de cogerlo, quizás en otra ocasión lo hubiera sido, así que con pena tuve que bajar y despedirme de él con las orejas gachas por no haber sido bueno con el tren que tanto lo había sido conmigo.
No se en que estación bajé, aquí me hallo perdido, solo se que no quiero coger más trenes, que ya tampoco creo en tu eterno retorno que viene solo para hacerme daño, y me he dado cuenta que tu nombre no estaba bordado en mi pecho, tu nombre era un tatuaje que me hiciste una noche, cuando soñaba contigo.


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Adrián Alonso González 27/05/2013

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